Hay películas que cambian las reglas del juego. La Gunguna es una de ellas. Todos los que se salían con la suya con guiones mal escritos y conceptos de dirección descoyuntados, nada más que se jodieron. Todos lo que creyeron ser “directores de cine” deben ahora recapacitar y quizá encontrar otros nichos en el mercado, otras formas de ganarse la vida, porque haciendo películas no será. Los guionistas ni se diga, que de esos no había para empezar, y con la entrada en escena de Miguel Yarull se confirma. Todos los que pensaban agobiar al pueblo dominicano con sus anuales adefesios disfrazados de cine avant guard, o de comedia popular; todos esos chamaquitos que juegan a ser Truffaut, financiados por sus papis, o por los socios de sus papis; todos esos directores de infomerciales pasados por agua de cine… A todos ellos les digo: adiós. Good riddance!

Porque sí: el cine es una competencia y ellos perdieron. Cuando después de años de exuberante tortura y abuso de la ley de cine aparece un producto inteligente, sensible, de hechura nítida y con una historia interesante, relevante, bien contada, necesariamente tenemos que preguntarnos, ¿qué demonios era todo aquello?

Les advierto: esta no es una crítica de cine. El cine es una relación personal entre el espectador y la imagen, y no importa cuántas palabras invierta en desglosar escenas y discutir hitos dramáticos y narrativos, si la película le habló al espectador y lo conmovió, cumplió su cometido; si no, no lo cumplió. Las películas, como los chistes y el sarcasmo, no se explican; funcionan o no funcionan, te la llevas o no te la llevas.

De esta manera, La Gunguna tal y como está, tiene un significado mayor en nuestro país, consecuencias que trascienden la felicidad o infelicidad de sus aspectos técnicos, de la actuación (admirable de algunos, no tan admirable de otros), de su sólido guión, de su maravillosa dirección de arte y de su formidable fotografía. La importancia de esta película, absolutamente crucial, es otra.

Una buena película que aparece en un país que constantemente celebra un carnaval de películas malas y mediocres instantáneamente pone en vergüenza a sus predecesores… les guste o no les guste, lo admitan o no lo admitan. Revela que lo que ahora unos hicieron con las manos, la cabeza y el corazón, los otros lo hicieron con los pies, la codicia y el culo. Me tienen sin cuidado los espíritus sensibles que quisieran que les tirara la toalla a los responsables de todo ese cine malo que viene antes de La Gunguna. Ellos lograron lo que estaba al alcance de sus capacidades, incluso antes de que apareciera la película de Ernesto Alemany y Miguel Yarull a ponerles la candela en el fondillo. Y si no lo hicieron, si se quedaron por debajo adrede, pues nos insultaron con alevosía. Ni Alemany ni Yarull son extraterrestres (aunque no pondría mi mano en el fuego para convencer a nadie), sino tan dominicanos como los demás, productos de las mismas experiencias y nutridos por la misma cultura. A esa excusa también le digo adiós.

Aquellos se ajustaron a sus mutuas mediocridades y no quisieron (o no pudieron) dar más. Guardaron cartuchos, se reservaron talento (o bien camuflaron su ausencia), desconfiaron. Todo lo contrario de lo que hicieron Alemany y Yarull, que se fueron con todo, como hacen los verdaderos artistas. Metieron mano, cuidaron su producto, verdaderamente pensaron que iba en serio la cosa, que no era relajo, algo que no creo que hayan hecho los que se ocuparon por años de provocarnos cataratas en las córneas y sarna en los tímpanos, con sus repulsivas composiciones de escena, diálogos mal escritos, historias aburridas, chistes mongos y/o intragable esnobismo.

Con La Gunguna empezó a filtrarse la cosa y no hay pa’ nadie. La malla del cedazo la pusieron finita. Los que hicieron fiesta vendiendo arena de playa sepan que con esta saga de una pistolita calibre .22, esa arena pasa ahora por un cernidor que deja afuera piedras, pedazos de vidrio, vasos plásticos, envases de styrofoam… basura, en suma. Se jodieron.

¿Estoy siendo muy duro? ¡Chuuuu…! A estas alturas quienes me leen deberían estar acostumbrados. Yo no dirijo support groups ni le paso la mano a nadie, y menos a gente que se ha metido en una industria que amo a querer venderme picapollo con plumas y una orden de bagazo para decirme, a continuación, que debo comérmelo “para apoyar el cine dominicano”. Tampoco es verdad que La Gunguna es una especie de ápice evolutivo, y que eran necesarios todos esos “experimentos” para llegar a ella.  No me refiero a deudas técnicas o administrativas, avances que surgen y quedan establecidos gracias a la ley de cine. Estoy hablando del oficio; estoy hablando de arte. La película de Ernesto y Miguel no se inserta en el continuum narrativo, estético, fílmico de las películas dominicanas que la preceden, y por ende no les sirve de cúspide. Es un outlier, un black swan. En todo caso les sirve de negación y funge como ruptura. Un antes y un después, tal y como lo estamos viendo. Después de todo, Ernesto y Miguel no cayeron del cielo un buen día, estaban vivitos y coleando, uno con su talento y energía, y el otro con su libro de cuentos y su cerebro, al tiempo que la industria se las ponía en china, ocupada en sacar los esperpentos que sacaba. A ellos lo único que les faltó fue la oportunidad de “picar alante”. Si este fue el momento, sea entonces motivo de alegría.

¿Qué la película tiene pifias, grasitas, imperfecciones de narración que pudieron haber sido resueltas más efectivamente de otra manera? Seguro. Muchas buenas películas las tienen también. Lo que debemos recordar aquí es que esta es la opera prima de Ernesto Alemany y el primer guion de Miguel Yarull; entiendo que podemos perdonárselas sin comprometer demasiado nuestra integridad “crítica”. Lo importante aquí, lo fundamental, es que mientras directores y productores que tienen tres, cuatro, cinco películas en la calle lo han hecho consistente y permanentemente muy mal, Ernesto Alemany y Miguel Yarull A LA PRIMERA lo hicieron muy, muy bien. Y eso se llama dar cátedra.

Tampoco es verdad que La Gunguna es buena “como película dominicana”. La Gunguna es una gran película y punto, es buena a secas, sin explicaciones ni coletillas ni gentilicios. Buena aquí, y buena donde sea. Decir que una película es buena “para ser dominicana” insulta la película e insulta al país. La vara con la que hemos de medir La Gunguna la provee el mismo Ernesto, el mismo Miguel, que entraron y donquearon desde que los llamaron a juego; en el futuro, la gente dirá de sus próximas producciones, “para ser de Ernesto, para ser de Miguel, es floja”, y nunca “es de Ernesto, es de Miguel, pero es buena” . Ernesto Alemany y Miguel Yarull demostraron que se puede, que no hay pretextos.

Quien diga que quiero armar una guerra entre buenos y malos cineastas… tiene toda la razón. Y yo le voy a los buenos. Pero no es una batalla de suma cero: de esa guerra saldrá, por fin, buen cine, pues algunos de los malos, no todos, responderán al desafío con buenos productos y se redimirán (esperemos). A otros se los tragará la oscuridad. La Gunguna no ha dejado lugares cómodos desde donde seguir sacando las mismas porquerías. Y, sobre todo, le abre la puerta a todo ese talento secreto que anda por ahí tratando de abrirse paso entre la guasábara para presentarnos buen cine; cerrándoselo (esperemos también) a la mediocridad y la mojiganga.

¿Qué dirán esos otros “cineastas” cuando su próxima película sea recibida, nueva vez, con el típico “embarassing silence”? No podemos seguir culpando al público. El público no le dice a un artista lo que quiere ver; el artista educa al público sobre lo que le debe gustar. Para esa faena hay que tener talento, mucho, mucho talento. A Ernesto y a Miguel les sobra, y han dado su primera lección de manera admirable.

Diría “El Bori”: ¡Empezamos a hacer cine! Se acabó el calentamiento, papo, la práctica se terminó, los ensayitos llegaron a su fin. Si estás cansado, o el juego se puso demasiado cabrón, vete a comer banco, broqui, porque la cancha se la cogieron los caballotes.